Sin Redundar

Por Carlos Avendaño.

Un voto, tres traiciones: así se desmantela la democracia. En México ya no hacen falta mayorías absolutas para demoler las instituciones. Basta un solo voto, estratégicamente colocado, para que todo se venga abajo. Y eso lo ha entendido muy bien la maquinaria del poder morenista. El más reciente ejemplo lleva nombre y apellido: Carla Humphrey, consejera del INE, quien otorgó el voto decisivo para validar la cuestionada elección judicial, a pesar de que la mayoría de sus colegas en el Consejo General denunciaron irregularidades que no eran menores, sino gravísimas. La señora Humphrey, muy ligada al obradorismo vía su pareja -el célebre Santiago Nieto-, se alineó como pieza funcional del régimen, permitiendo que el INE cerrara los ojos ante un proceso plagado de anomalías. ¿Qué más da si hubo presión, acarreo, manipulación y uso de recursos públicos? Mientras se declare “válido”, todo lo demás es irrelevante para ellos. Y esto no es un caso aislado. Se suma al voto bajo presión de Miguel Ángel Yunes Márquez, que entregó a MORENA la mayoría calificada en el Senado, y al sorprendente viraje del ministro Alberto Pérez Dayán, quien decidió frenar un proyecto que declararía inconstitucional la reforma judicial. Tres votos y tres instituciones. Tres momentos en los que la democracia mexicana se tambaleó por una sola mano levantada. No por convicción jurídica, sino por cálculo político, presión institucional o alineación por conveniencia. Lo de Carla Humphrey no es valentía institucional, es obediencia disfrazada de criterio autónomo. Porque validar una elección judicial bajo sospecha es más que un acto administrativo: es una traición al principio de certeza electoral, y una bofetada a millones de ciudadanos que todavía creen que el voto importa. Validar por mayoría mínima una elección que huele a operación de Estado es más que sospechoso: es histórico, por lo infame. Y mientras se consolidan los nuevos equilibrios del poder judicial en manos del Ejecutivo, la democracia mexicana se convierte en una ruina funcional: parece que existe, pero ya no sirve. Un voto bastó para traicionar al poder electoral, otro para someter al poder legislativo y uno más para rendir al poder judicial. ¿Quién necesita un golpe de Estado, cuando basta con controlar tres conciencias y una agenda?…

Sheinbaum hereda el poder… y también el desastre. Han pasado casi nueve meses desde que Claudia Sheinbaum Pardo asumió la presidencia, envuelta en la banda presidencial y en la herencia política de Andrés Manuel López Obrador. Un poder heredado entre “aliados”, “compañeros de lucha” y uno que otro vividor con cargo. Pero hoy, “ipso facto”, nos invaden las preguntas incómodas, esas que no caben en la mañanera ni en los informes llenos de gráficos: ¿Dónde diablos están los medicamentos del IMSS y del ISSSTE? Porque en hospitales de todo el país, pacientes se siguen muriendo, no por enfermedad, sino por abandono estatal. ¿Qué pasó con el presupuesto de salud? ¿En qué cajón sin fondo se esfumaron miles de millones que iban destinados a clínicas, medicinas y personal médico? ¿Acaso este gobierno nos quiere ver muertos? Porque si no es negligencia, entonces es perversión. Y si no es ignorancia, es cinismo. ¿Y el Plan Nacional de Desarrollo? ¿Existe? ¿O fue otro documento lleno de promesas poéticas, como el “sistema de salud como en Dinamarca”, pero escrito con tinta invisible? Cada día nos queda más claro que la llamada Cuarta Transformación se está transformando… en una parodia de sí misma. Y no sabemos si vamos rumbo a Venezuela, Colombia o Cuba. Pero lo que sí sabemos, es que no vamos hacia ningún lado bueno. La esperanza que tanto se promovió desde Palacio Nacional hoy cojea, tose y suplica por una receta que no existe. Y mientras el gobierno sigue enfocado en las giras, los aplausos y los pactos de impunidad, la salud pública se pudre en los anaqueles vacíos. ¿Esto es lo que nos prometieron? ¿Esto es lo que llaman justicia social? Porque si este es el rumbo, prepárense: lo que viene no es transformación, es un colapso total…

La mancha en el vector del poder. Cuando el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos señala a una institución financiera por presunto lavado de dinero del narcotráfico, no se trata de un desliz retórico ni de una acusación ligera. Y cuando esa institución es Vector Casa de Bolsa, propiedad de Alfonso Romo, ex jefe de la Oficina de la Presidencia de Andrés Manuel López Obrador, el asunto adquiere una dimensión profundamente política y moral. Alfonso Romo, no es un personaje cualquiera: fue presentado como el garante del “puente” entre el empresariado mexicano y la autodenominada Cuarta Transformación, el rostro amable del capital frente a la radicalidad populista. Pero ahora, Alfonso Romo, reaparece ligado a un escándalo que pone en entredicho no sólo su reputación personal, sino también los silencios y las complicidades del poder en México. ¿El gobierno de Claudia Sheinbaum Pardo alzará la voz? ¿Habrá investigaciones serias en México o se optará por el viejo expediente de “no nos metamos con los amigos”? El reciente historial no invita al optimismo: cuando la justicia estadounidense apunta, en México desvían la mirada. El caso de Genaro García Luna, fue silenciado por años hasta que una corte en Nueva York lo arrinconó; lo mismo podría pasar con Romo, si es que el aparato de justicia nacional decide seguir siendo espectador pasivo. Más allá del escándalo financiero, este caso destapa lo que muchos sabíamos: en México, el narcotráfico no opera solo con sicarios, sino con contadores, despachos y casas de bolsa. El narco lava su dinero donde el poder político lava sus culpas. En tiempos donde se presume una nueva etapa de transformación, esta es la prueba de fuego: o investigan y sancionan, caiga quien caiga, o todo seguirá siendo simulación envuelta en discursos de moral pública…

Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…

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